Otra tarde más en el instituto. Qué pereza da ahora que ya es primavera y el buen tiempo incita a estar al aire libre. Fuera se podía escuchar a los pájaros cantando y un delicioso olor a flores recorría todo el lugar. Por nuestra ubicación se podía percibir el olor de los cerezos, almendros, naranjos y demás árboles frutales de una huerta cercana. El sol estaba dando sus últimos coletazos antes de dejar pasar a la luna.
- Bien, como hoy no ha podido venir Alfonso tenéis libre la última clase.
Estupendo, así aprovechare para dar un agradable paseo antes de ir a trabajar.
- La puerta está cerrada.
Grito uno de mis compañeros.
- Imposible, esa puerta no tiene cerradura.
Le respondió el profesor.
Intentamos abrirla pero era imposible, algo la sujetaba por el exterior. De pronto empezaron a cubrirse las ventanas de una especie de maleza. En cuestión de segundos todo el habitáculo se encontraba cubierto de ramas y hojas.
- Qué podemos hacer, no hay salida, estamos encerrados en la clase.
- No os preocupéis, intentare salir por la ventana, cortando la maleza con uno de los cristales.
Pero no lo consiguió, cuando se dispuso a podar aquella rama, otras más pequeñas le envolvieron, arrastrándolo hacía el exterior. Las ramas empezaron a entrar en el aula atrapando a todo el que encontraba a su paso. Nos envolvían como una araña envuelve a su presa, sin saber el por qué. Fue mi turno, nada pude hacer. Me encontraba a merced de esa planta, solo y en la más absoluta oscuridad. Allí, metido en mi ataúd y sabiendo que si nadie me salvaba, acabaría siendo fertilizante para plantas. Nadie me salvo y la planta pudo alimentarse de mí. Ahora formo parte de ella. Fue la venganza de la naturaleza contra los seres humanos, que harta de sufrir, reclamó para sí lo que en tiempo atrás fue su reino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario