No paraba de darle vueltas a un asunto muy importante, mañana era el último examen y había estudiado más bien poco. Mientras el profesor nos daba la última clase del día, no paraba de pensar en todo el tiempo que he pasado en el instituto. El profesor no paraba de explicar lo importante del examen de mañana. Su voz era cada vez más lenta y sus gestos cada vez más pausados. Al volverme hacía atrás comprobé que ese mismo efecto les ocurría a mis compañeros. La cachaza con la que se movían era desesperante, era como ver una película a cámara lenta. Llego un momento en que todo el mundo se encontraba paralizado menos yo. Me di cuenta en que el reloj de la pared no emitía movimiento alguno. Asustado por aquel echo me levante y salí fuera del aula. Todo estaba quieto: los coches, las personas, algunos perros y hasta el mismo aire dejo de correr. No me lo podía creer, el mismo tiempo se había parado. Menuda suerte la mía. Podría hacer lo que quiera, ir a donde quiera y coger lo que me venga en gana. Y eso hice.
Dos semanas después de realizar mis fantasías más salvajes me dirigí otra vez hacía el instituto. Comprobé que mis compañeros seguían en la misma postura en la que los deje. Ni una sola gota de polvo sé les había acumulado encima entonces me dispuse a coger un coche y a recorrer el mundo a ver si alguien más se encontraba despierto.
Cinco años después volví a donde ocurrió todo. No encontré a nadie en mi periplo. Las estatuas de mis compañeros se encontraban igual, limpias y jóvenes. Yo sin embargo era cinco años más viejo. Cansado por el viaje decidí pasar la noche allí.
Treinta años después mi mente no era la de antes. Hablaba con mis compañeros con la esperanza de poder ver el más mínimo ápice de cambio. Nada. Veinticinco años de noche eterna y silencio sepulcral. Ya había visto todas las películas editadas hasta la fecha, leído todos los libros que me interesaban, aprendido todo lo que necesitaba saber. Algunas veces llegue a pensar que esto era un castigo, una especie de infierno particular que me aparto del mundo y de su historia. Una conversación, una respuesta, una caricia, un amanecer, un soplo de aire fresco, volver a sentir la lluvia, poder besar a alguien y ser correspondido. Solo pedía eso, algún cambio, el poder pelearme o discutir con alguien. Nada. Siempre pensé en lo genial que sería poder detener el tiempo. No podía estar más equivocado, eso era peor que el castigo más horrible que se pueda imaginar.
Cuarenta años después de aquello seguía viviendo en mi clase y decorada a mí gusto. Sintiendo que el final de mi vida se hacer cava, pensé en los años de instituto y lo bien que me lo pasaba aprendiendo día a día. Una voz me saco de mis pensamientos. Abrí los ojos y vi a todos como si tal cosa. Solo había cambiado algo. Yo tenía ochenta y cinco años de edad.
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