Mi compañero de estudios se llama Daniel. Los dos nos apuntamos al instituto por las tardes, ya que cuando nos conocimos, debido seguramente a la edad, ninguno de los dos se sacó la ESO. Desde que lo conozco ha sido una persona divertida, afable y con un gran espíritu de compañerismo. Vamos, una persona de las que caen bien solo con hablar con él. Recuerdo un día en que nos saltamos una clase y nos fuimos a explorar unas cuevas. Él como siempre, se perdió en una de las cuevas, pero por suerte no estuvo mucho tiempo desaparecido. Siempre iba a verlo a su clase y un día decidimos dejarnos el pelo largo. Diez años pasaron desde ese día y ahora tiene una melena asombrosa. Yo, por desgracia, me la tuve que cortar. Pero él no. Toda su familia insistía en que debía despojarse de aquella cabellera, ya que con esa melena no encontraría un buen trabajo. Pero él siempre respondía lo mismo:”Mi pelo es mi identidad, yo soy el que soy y nadie se atreverá a tocarme un solo pelo”. Yo siempre lo achaqué a un gesto de rebeldía, un símbolo de juventud del cual no quería deshacerse, algo así como el adulto que se aferra a algo de su infancia, sabiendo que si lo suelta tendría que medrar en la vida.
Una tarde, mientras dábamos clase, su hermana me pidió que le ayudara a convencerlo de que se cortara la melena ya que le habían ofrecido un opulento trabajo y él lo había rechazado porque tenía que ir con el pelo corto. Le dije que eso era imposible, que su hermano jamás se cortaría el pelo por voluntad propia. Tanto me insistió, que urdí un plan para ayudarle a madurar. Con la ayuda de tres compañeros al finalizar la clase le sujetamos y comencé a cortarle el primer mechón de su muy conseguida melena. Al primer tijeretazo sonó un grito infrahumano, algo tan agudo como el grito de un cerdo en una matanza. Comenzó a salir una especie de sangre oscura de su cabeza, sus ojos inyectados en negro habían perdido toda señal de humanidad y su pelo parecía serpientes como el de una Gorgona. Lanzó a mis compañeros contra la pared, con tal fuerza que quedaron incrustados en el acero. Se incorporó y se dirigió hacia mí. Sus pelos se ondulaban en forma amenazante y ese extraño ruido de dolor, se me incrustaba cada vez más en el cerebro. Su cabello me atravesó como espadas. El suplicio que estaba pasando no era comparable al que mi gran amigo me tenía reservado. Uno de sus mechones se introdujo por el oído llegando al cerebro y bombardeándolo con las imágenes de lo que tenía pensado hacerme. Espero morir pronto antes de que ejecute sus planes.
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