viernes, 27 de agosto de 2010

Una tarde de lluvia.


No paraba de llover y en las improvisadas aulas de metal del instituto la lluvia sonaba como un redoble de tambor. Después de un rato de ruido ensordecedor  empecé a dibujar. No tengo ni idea, pero el simple hecho de trazar líneas en el papel es de lo más relajante. Al principio cada trazo de tinta no significaba nada, podría compararse a los garabatos de un niño. Pero algo raro comenzó a fraguarse en el folio. Las líneas se movían elípticamente sobre un punto en el centro del papel. A cada segundo, esas líneas fueron dando paso a formas más complejas y a su vez acabando en una cara dibujada. No me lo podía creer. Sin comerlo ni beberlo aquellos zafios dibujos llegaron a convertirse en una forma compleja, cada trazo iba dando vida a una especie de imagen. Continué dibujando líneas sin sentido y cada una de esas líneas enfatizaba más las facciones de la extraña cara. Pensé para mí, ¿cómo pueden unas gotas de tinta sobre un papel moverse por sí solas? No le encontré lógica posible. Intente realizar el más difícil todavía, escribir preguntas. Los ojos se me abrieron como platos. A cada pregunta que realizaba obtenía una respuesta. Me hacía gracia. Durante varias horas estuve charlando con aquel personaje. Se llamaba Trix, era la energía residual  de un alma atrapada entre dos mundos. O por lo menos eso me dijo. También me contó cosas de cuando estaba vivo, de cómo había muerto y de porque se encontraba condenado a vagar por esa grieta entre los dos mundos. Me dijo que si le ayudaba a salir de ahí me haría muy famoso y de que sería recordado por generaciones futuras. Me pareció bien. Pero cuando estaba a punto de contármelo, el profesor me quito el papel, alegando que estaba interrumpiendo la clase. Le pedí por favor que me lo devolviese y haciendo caso omiso a mi súplica, rajo el papel en mil pedazos, arrojándolo después en la papelera. La cólera e ira que se gesto dentro de mí, a causa del asesinato de mi amigo, pudo con mi razón, que me pedía a voces que no fuera a hacer lo que estaba pensando. Ni caso, tire para adelante. Con un gesto sutil, arranque de la pared uno de los colgadores para las chaquetas. Acto seguido me dirigí al profesor, que estaba de espaldas, y al llegar a su altura, le di unos toquecillos en el hombro. Al girarse, con toda la fuerza que pude generar, le atravesé el cerebro con el perchero a traves de las fosas nasales, dejándolo incrustado sobre la pizarra. Al presenciar tal gesto de ira, mis compañeros y compañeras, comenzaron a gritar como unos descocidos. Después de las dos horas de replique de tambor gracias a la lluvia golpeando contra la chapa, los gritos de mis amigos me resultaron de lo más molesto e inoportuno. Escucharlos era como oír a cientos de gatos arañando una pizarra. Con lo cual tuve que tomar medidas drásticas. Lo primero que hice fue lanzar todo lo que estuviera a mi alcance; sillas, mesas, libros, carpetas, los cuerpos de los caídos, etc, etc. Por cada silla o mesa que lanzaba, de dos a tres compañeros caían. Con los más resistentes tuve que emplearme a fondo. Un cuello roto por aquí, una estrangulación por allá, una estocada con la pata de una silla..., todo era válido para acallar aquellas irritantes voces. Que lastima que la puerta tuviera el cierre roto y que para mantenerla cerrada tuvieron que echar la llave. Quizás hubiera sobrevivido alguno.
 Después de todo Trix tenía razón en algo, ya soy muy famoso y mi gesta se contara durante generaciones. O eso dice mi siquiatra.  

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