viernes, 27 de agosto de 2010

Inmortalidad


El sueño de inmortalidad anhelado por tantos y conseguido por nadie, hasta ahora.
Nos encontrábamos en clase cuando hubo una pequeña sacudida sísmica. Alarmados y conmocionados por aquel temblor, nos dirigimos hacia el exterior y comprobemos que todas las clases se encontraban también fuera. Nadie estaba herido y los daños materiales no fueron muy cuantiosos: algunas estanterías, varios focos y algunas pizarras se habían precipitado al suelo. Lo más curioso fue una grieta, algo grande, se había abierto detrás de nuestra clase. Como siempre, yo que no le temo a nada, me adentre en aquella oscura hendidura dispuesto a ver que había en su interior, ya que se vislumbraba en la entrada lo que parecía ser unos peldaños.Con cada escalón que bajaba se me aceleraba el corazón, la respiración se hacía cada vez más intensa y las piernas me temblaban por la emoción. Supongo que debí sentir lo mismo que  Howard Carter al descubrir la tumba de  Tutankamón. Se acabaron los escalones y me encontré en una estancia bastante lúgubre. Las paredes estaban decoradas con lo que parecían lienzos de piel humana con dibujos de extraños seres y lugares. El piso acumulaba bastante polvo y varios artilugios como de alquimia se encontraban desperdigo nados por doquier. Lo más sorprendente fue encontrar un esqueleto cubierto por una túnica y sujetando un libro. Me dirigí hacia él, le despegue su huesuda mano de aquel tomo y me dispuse a echarle un vistazo antes de que alguien más bajara. Mi sorpresa fue descomunal al comprobar que aquella reliquia hablaba sobre un rito ancestral para conseguir la vida eterna. Algunos de los profesores bajaron dando gritos de alegría y júbilo por haber descubierto semejante hallazgo. Yo me oculte el libro bajo la camisa, subí la escalera y deje atrás al claustro entero elucubrando sobre lo famosos que se iban a ser y lo que harían con todos esos tesoros históricos.

Pasaron tres días desde aquello y el instituto se encontraba invadido por gente de todas las ramas: arqueólogos, historiadores, biólogos, sismólogos… Cualquiera que tuviera algo que aportar a ese descubrimiento. Nuestro profesor de historia nos dijo que antiguamente ese lugar era una fortaleza, habitada por un nigromante llamado Since. Según algunos historiadores este personaje era un estudioso de lo oculto y lo paranormal. Sobre todo de los muertos y no escatimaba en la obtención de cadáveres matando y torturando a su pueblo, hasta que en 1666 un terremoto sacudió esta región, hundiendo su morada en el infierno. O eso contaba la historia. Me daba igual que hubiera sido un desalmado o no, lo único que mi mente podía dilucidar era que si estos conjuros funcionaran podría ser inmortal. Esa misma noche,  antes de acabar la última clase,  me escabullí de los vigilantes de la entrada y adentre en la habitación. Según el libro ese era el lugar idóneo para realizar el ritual. Poderes oscuros y demoniacos emanaban de las paredes de aquel habitáculo. Llegando a medianoche y comprobando que todos se habían marchado, a exención de los guardias de la puerta, me dispuse a efectuar aquel hechizo. Que error fue aquello. Que soberbia hubo en mis actos. Pensar que yo, un aprendiz de las artes oscuras iba a conseguir lo que Since no pudo. Algo sí que salió bien, pues he conseguido ser inmortal. Atrapado en forma de estatua, consiente en todo momento, vivo, sin posibilidad de escapar  y adornando la sala del museo arqueológico de Priego por toda la eternidad.   

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