miércoles, 25 de agosto de 2010

Locura


La noche se presentaba larga y muy lluviosa. Pero no importaba, era una noche perfecta para seguir escribiendo micro relatos de terror para el instituto. Me puse a escribir como cada noche, pero no me sentía tranquilo. Cada vez que miraba para el pasillo me parecía ver a alguien. Era como si en las sombras se escondiera algún ser, quieto, observándome y desapareciendo cuando encendía la luz. Va, será de tanto escribir relatos o de los cuatro whiskys que llevo encima.
Al otro día por la tarde me dispuse  a asistir a clase. Llegué al instituto y como siempre todos estaban pendientes de que nueva historia de terror se me había ocurrido. El profesor se puso a leer la nueva historia enfrascándose en cada una de las frases. Lo observaba atentamente cuando una voz a mi espalda me llamó. Cuál fue mi sorpresa, que al girarme para ver quien había sido, vi a uno de mis personajes de terror. Me frote los ojos con fuerza, pensando que había sido una alucinación, pero al volverlos abrir descubrí que todo el aula se había convertido en personajes de los cuentos de terror que había escrito. No podía ser real, seguramente sería alguna pesadilla. Me pellizque con fuerza, peso solo me hice bastante daño. Las criaturas seguían en el mismo lugar. Todas se levantaron de sus asientos, mirándome fijamente, con cara de querer hacerme algo. De un pingo me puse de pie. Salí como una flecha hacia el pasillo y rompiendo un cristal saque de su interior un hacha de bombero. Litros de sudor frio recorrían todo mi cuerpo y una sensación de pavor me atravesaba el corazón. Fui hacía la clase, hacha en mano, y al grito de todos quietos entre de un salto. Las criaturas hicieron caso omiso de mi advertencia, cada vez se acercaban más a mí. Como un leñador, me puse a cortar cabezas a diestro y siniestro. La sangre que emanaba de los cuerpos era de todos los colores, los gritos sobre humanos y por cada uno que moría una extraña puntuación aparecía en la pizarra.
-          Bien, cien mil puntos, todos muertos. Yo gano. Soy el único que podía salvar el mundo de estas deformes y malvadas criaturas. Por esta gran gesta recibiré un gran premio.
No fue así. Llevo ya quince años en un hospital siquiátrico, con las paredes acolchadas, camisa de fuerza y sin poder escribir. Parece ser que mi gran imaginación no encontró barrera alguna que la contuviese y mezclando ficción y realidad mate a todos los alumnos del instituto.
-          ¿Que tal Toni? ¿Cómo te encuentras hoy?
-          Mejor que nunca, doctor.
-          Eso está bien. Vamos a probar una nueva terapia. Ya que llevas tanto sin tener alucinaciones y tu comportamiento es excelente te quitaremos la camisa de fuerza, te daremos una habitación y podrás escribir. ¡Qué te parece!, así podrás plasmar tus experiencias.
-          Genial doctor, me parece una muy buena idea. Ardo en deseos de volver a escribir…  

No hay comentarios:

Publicar un comentario