miércoles, 25 de agosto de 2010

La muerte desde el cielo

Nos encontrábamos en el instituto dando la última clase, cuando un gran golpe nos sobresaltó a todos. Rápidamente fuimos al patio a comprobar de donde procedía aquel monumental estruendo. Cuál fue nuestra sorpresa al descubrir que el ruido lo había producido un meteorito, que impactó contra la cafetería. La dejó toda destrozada. Por suerte, a esas horas nadie se encontraba dentro. Procedimos a inspeccionar el lugar. Aquel meteorito se encontraba al rojo vivo y despedía un extraño olor a almizcle. Todos olimos ese extraño olor. Poco después llegó mucha gente con trajes blancos y acordonaron la zona. Horas después, todo quedó igual y el meteorito desapareció del lugar.
Al día siguiente me levanté con un hambre voraz, como si pudiera comerme un caballo. Nada me satisfacía, es más, cada bocado de comida me producía arcadas. El hambre era casi insoportable, el estómago me daba calambres y mi aspecto no era mucho mejor. El sol hacía que me quemasen los ojos, mi piel se encontraba pálida y mi cuerpo había perdido peso exageradamente, casi unos treinta kilos desde ayer.
Tuve que esperar que se hiciera de noche para poder salir a clase. Agotado, endeble y con un hambre atroz, me arrastré hasta mi pupitre. Pude comprobar que todos mis compañeros manifestaban los mismos síntomas. Parecía una película de Romero. Al llegar, el profesor nos pidió que le contásemos lo que ayer había sucedido. Se maldijo por no haber estado, ya que a él le gustaba mucho la astrología, y entre maldiciones y blasfemias empezó su clase. Me costaba horrores poder prestarle atención por el hambre. Miré alrededor y todos nos encontrábamos en la misma tesitura. Mientras intentaba no desfallecer oí como el profesor exclamaba un taco. De pronto percibí el olor más dulce y delicioso que en mi vida había conocido. Esa fragancia tan intensa, tenía que ser por lo menos ambrosía, el autentico néctar de los dioses. Toda la clase olió ese perfume tan delicioso. Incluso recuperé parte de mis energías perdidas.
- Perdonad un momento, chicos, me he cortado y voy a la sala de profesores a curarme.- exclamó el profesor.
Al pasar por mi lado noté que ese olor procedía de su herida. Como un animal salvaje, me abalancé sobre él, hincándole los dientes en el cuello. Su sangre fluía por mi boca como un río de miel. A cada gota que le robaba, yo me sentía mejor y una nueva fuerza emergía de mi interior. No podía parar pese a los gritos y alaridos del profesor. Los demás también le saltaron encima mordiéndole por donde podían. Una vez lo dejamos seco y con el hambre algo más calmado, nos pusimos a hablar sobre el tema. Todos sabíamos que el hambre desaparecería con la sangre. Que durante el día no habíamos podido salir de casa a causa del sol y que nuestra fuerza aumentaba con cada sorbo. Todo tenía ya sentido. Somos vampiros.

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