Me encontraba pensando en mis cosas mientras el profesor nos hablaba sobre política mundial. Que tostón, pensé para mí, si casi no entiendo la política española como para preocuparme por lo que pasa por el extranjero. De pronto todo se volvió oscuro. Dos semanas después me despertaba en la cama de un hospital, aturdido y con un hambre atroz, le pregunte a mi mujer que había pasado. Me explico que me había dado una trombosis en el cerebro, pero que gracias a eso me detectaron una mal formación y me la pudieron extirpar. Qué bien, ahora me falta un trozo de cerebro, el comienzo de mes no podía empezar mejor. Después de otra semana más para recuperarme me dispuse a volver al instituto para reanudar mis clases. Todos mis compañeros se alegraron, incluso me prepararon una fiesta de bienvenida. El primer día de clase resultaba ser bastante tranquilo hasta que en la tercera clase sufrí un fuerte dolor de cabeza, tan fuerte como si un rayo atravesara mi ya maltrecho cerebro. Al alzar la mirada hacia el frente no podía creer lo que mis ojos estaban presenciando. Algunos de mis compañeros no eran ellos, sus envolturas humanas habían desaparecido y dejaban ver a unas criaturas de un aspecto bastante repulsivo. Pensé que podía ser una alucinación o un sueño. Un sudor frío recorrió toda mi espalda al comprobar que los demás no se percataban de que el compañero de al lado no era humano. Las criaturas se pusieron de pie, se reunieron en el centro de la clase y empezaron a urdir un plan sobre cómo debían sacrificar a estos humanos en el solsticio de invierno para que su amo pudiera resurgir una vez más en este mundo. Me quede perplejo, atemorizado, inmóvil en mi mesa intentando no aparentar el horror que me producía esas palabras e intentando pasar desapercibido no fuera a darse cuenta alguna de esas criaturas que las observaba. Volvió el dolor de cabeza y las criaturas volvieron a su apariencia habitual. Parecían que no se habían movido de su sitio, como si nunca se hubieran levantado. Esa misma noche no pude pegar ojo, dando vueltas en la cama con el recuerdo de esa conversación y pensando si mis sentidos me estaban jugando una mala pasada, pues las vi, las pude oír y hasta pude percibir su fétido y putrefacto olor. Algo tenía que hacer, el solsticio de invierno se produciría en menos de 24 horas. Ya por la mañana llegue a la conclusión de que tuvo que ser real, seguramente esos entes producían algún tipo de realidad paralela ante nuestros ojos para camuflarse. Tengo que prepararme. Vacié la mochila y la cargue con todo lo que tenía en mi casa, una espada pequeña pero muy afilada, algunos cuchillos, un par de punzones hechos de plata, unos cuantos suri kenes y un hacha de mano. Al llegar a clase sentí como un nuevo dolor de cabeza me atravesaba el cerebro y volví a verlos todos juntos. Les grite y mi presencia ya no paso desapercibida para esos seres. Uno de ellos dio un alarido y salto sobre mí, presto saque el hacha, clavándosela de lleno en mitad de su faz, cayendo desplomado al suelo. Rápidamente vacié el contenido de mi macuto sobre la mesa mientras observaba como las demás criaturas se disponían atacarme. Con un gesto rápido lancé los suri kenes contra los dos más próximos a mí, impactando en el torso y cuello, dejándolos retorciéndose de dolor. Acto seguido cogí la espada corta en una mano, en la otra los cuchillos, guardándome los punzones en el bolsillo trasero del pantalón. Solo quedan cuatro en pie, me acerque a los dos moribundos empalándolos con los punzones, me giré y con un gesto ágil les rebane el cuello a los dos siguientes. La sangre oscura que emanaban de sus destrozados cuerpos lo cubrían todo, paredes, sillas, mesas y los cuerpos de mis compañeros que ajenos a la lucha, seguían sentados y atendiendo al profesor. Uno de ellos me ataco con sus garras abriéndome una incisión en el pecho. Giré sobre mí mismo cortándole la mano. Salté sobre él, desgarrándole el rostro con mis propias manos. Ya solo quedaba uno. Había desapareció del campo de batalla en un abrir y cerrar de ojos. Regresó el dolor y todo volvió a estar como antes, salvo por la herida abierta en mi pecho que no paraba se sangrar, me clavé de rodillas y caí.
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