Estaba a punto de amanecer y los primeros rayos de sol bañaban todo nuestro campamento. El gran astro despuntaba en un color rojo intenso lo que pronosticaba que el día se tornaría en sangre. Todo nuestro campamento se encontraba al borde del gran bosque de Norfrost. Parece mentira que unos años atrás toda esta zona fuera verde, no el yermo baldío que es ahora, lleno de criaturas infernales, las cuales son atraídas por el poder del Nigromante Albert y sus secuaces.
- Mi rey, el ejército está preparado como ordenasteis y esperando vuestras órdenes- dijo mi capitán.
- Muy bien Petrio, enseguida me dirigiré a ellos.
Nunca fui dado a los discursos, pero sabía que de alguna manera tenía que infundir el valor en aquellos hombres. Ellos habían confiado su vida a mí para que los dirigiese y yo no podía defraudarlos.
A cada paso que daba hacía ellos, sentía como si el peso del mundo recayera sobre mis hombros, un fuerte pellizco encogía mi estomago y la boca se me quedaba seca. Sabía que no era ningún juego, que cada persona tenía, familia, amigos, mujer e hijos. Algunos ni siquiera habían probado el lecho con una mujer. A más de la mitad los conocía y a los otros los había visto trabajar en mis tierras.
Una vez llegue a ellos, me dirigí a un improvisado atril y deje hablar al corazón:
- Hombres de Tryon, hoy os hablo no como vuestro rey, sino como uno más de esta tierra. Nuestro enemigo es poderoso, pero nosotros tenemos algo que él no tiene. Somos hombres libres y como tales tenemos el poder de decidir, cosa que ellos no. Podemos decidir hoy como viviremos, siendo hombres libres o esclavos del Nigromante. Sé que tenéis miedo pues yo mismo lo siento en todo mi cuerpo, pero no quisiera combatir al lado de aquel que no lo sintiera, pues sólo un loco no lo tendría. Pues yo os digo que aquí y ahora su ejército de muertos y demonios sabrán lo que mi acero es capaz y si tengo que caer lo hare, pero sabiendo que caeré libre y al lado de hombres libres que lucharon por su tierra y por su gente. Y tal día como hoy será recordada nuestra gesta y de cómo un grupo de humanos derroto al poderoso ejército del Nigromante.
Hombres de Tryon, ¡QUIEN ESTA CON MIGO!...
Un gran estruendo resoplo por todo el campamento al unísono. Los gritos de a por la victoria hacía estremecerse al mismo bosque, que inclinaba sus copas hacía nosotros, como un gesto de reverencia.
La celebración duro muy poco, pues una bandada de cuervos Nox se abrían paso por los arboles y todos sabíamos que era la señal de que la muerte avanzaba hacía nosotros.
De pronto empezó a sonar unos extraños sonidos procedentes del bosque, algo así como un suave replicar de tambores. Poco a poco se fueron recrudeciendo. Las aves y animales del bosque salieron corriendo como alma que lleva el diablo.
Esa era la señal de que el ejército de los muertos estaba atravesando el bosque.
- Capitán, dirige a los archi magos hacia los arqueros. Que creen escudos protectores y encanten las flechas.
- Si mi rey. Magos, venid con migo y preparar vuestras piedras Marg para el combate.
- Yo dirigiré al grueso del ejército por la parte norte y los protegeré con mi magia.
La espera se hiso eterna, gotas de sudor frio recorrían mi espalda mientras recitaba todos los salmos mágicos que sabía para reforzar las armaduras, armas y escudos de mi ejercito.
Por su parte, Petrio hizo lo mismo. Colocó a los archí magos como le dije, detrás de los arqueros, protegiéndolos con escudos místicos y encantando las flechas.
El redoblar de los tambores era cada vez más fuerte. Aquella macabra melodía estaba pensada en doblegar el espíritu y amedrentar al adversario. Era como si el infierno hubiera compuesto una sinfonía, una sinfonía de muertos.
De pronto se escucho la voz de mi capitán.
- Arqueros, criaturas aladas hacia el sur, disparar.
Las flechas silbaban por doquier, tanto que la marcha fúnebre quedo ensordecida por el sonar de las flechas.
Las criaturas aladas, que en tiempo atrás eran majestuosas aves de los lagos de Snix, fueron reducidas a un despojo de carne, sin piel ni plumas, a medio podrir. Sólo reanimadas con magia negra, con el único fin de matar. Oscurecían el cielo, como una nube de tormenta.
Cada flecha mágica que las alcanzaba habrían un boquete en sus carnes, dejando ver el interior, negro y vacio. Los arqueros no paraban de disparar, intentando contener la primera oleada de no muertos.
Por su parte, las criaturas aladas exhalaban un líquido corrosivo que era contenido por el escudo mágico de los magos. Algunos arqueros y magos cayeron cuando su escudo perdía fuerza.
- Seguid disparando, no podemos dejar que avancen- dijo mi capitán a los exhaustos arqueros.
Pude comprobar cómo los archí magos se debilitaban cada vez más, debido al gran esfuerzo y que sus piedras Marg eran pequeñas y casi estaban agotadas.
- Aguantar, los Sornes casi han caído, un poco más. Continuara…
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