domingo, 19 de septiembre de 2010

Diario del Rey. Segunda parte

Los Sornes no eran lo que más me preocupaba. Sabía que no pasaría mucho tiempo sin que los Marug hicieran su aparición.
Hubo un tiempo en que los Marug eran grandes hechiceros, protectores de los bosques y de todas las criaturas que vivían en ellos. Se fusionaban con animales del bosque para así estar en contacto profundo con la naturaleza. Los druidas del bosque los llamaban, mitad humano y mitad bestia. Cuando empezó a escasear las piedras Marg, sus ansias de magia les hicieron sucumbir a los designios de Albert. Mezclados con las criaturas más horribles y sanguinarias del averno, poco a poco perdieron su condición humana, dando paso a unas criaturas salvajes, atroces, con el único sentimiento de destrozar cualquier forma de vida que se pusiera en su camino.
Slash, Slash, resoplan los latigazos de los amos de las Marug.
Grandes sombras aparecían entre los árboles, dejando paso a sus dueños.
-         Arqueros, retroceded, nada pueden nuestras flechas contra esos engendros- digo el capitán a sus hombres y justo a tiempo, cuando el último de los Sornes caía en picado.
-         Guerreros, preparaos para la embestida- le dije al grueso del ejército que se encontraba bajo mi mando.
Los amos soltaron las correas de sus bestias dejándolos libres para masacrar. Acto seguido, los Marug se dirigieron como una jauría salvaje sobre nosotros.
-         Recordar, no tengáis piedad de ellos, pues ellos no mostraran ninguna por nosotros. Manteneos unidos, así los escudos mágicos resistirán mejor.  ¡POR NUESTRA TIERRA, POR EL FUTURO Y POR NUESTRA LIBERTADDDDDDDDD!
La embestida fue tal, que el sonido resultante, muy bien podría recordad al bramido de un trueno. Los aceros resonaban al choque con los huesos, los escudos eran golpeados una y otra vez por garras tan afiladas que podrían partir las piedras y la sangre negra de las bestias se entremezclaba con la roja de los amigos caídos.
-         Seguid luchando amigos míos, no permitáis que la muerte y el dolor se adueñen de nuestras tierras.
Parecía que no se acabaría nunca. Las criaturas eran fuertes, veloces y parecían incansables. Los cadáveres se apilaban uno en cima de otro. Tanto humanos como bestias, todos yacían a mis pies. Cada vez me pesaba más la armadura y el cansancio hacía mella tanto en mí como en mis hombres.
-         Aguantad, no quedan muchos, seguid así.
Una de las bestias, remetió contra mí, haciéndome caer al suelo. Salto sobre mí mareado cuerpo y cuando se disponía a destrozarme, vi como el brillo de la espada de mi capitán se blandía sobre su cuello, haciendo saltar su cabeza.
-         Sabía que no podrías hacer nada sin mí- dijo Petrio dejando esbozar una sonrisa.
-         Lo tenía todo controlado, le estaba dando emoción al momento.- le respondí todavía algo mareado.
-         Los magos necesitan algo más de tiempo para poder recargar las piedras.
-         Pues a que esperamos, démosles más tiempo. Guerreros, no dejemos que estas bestias impías nos condenen, hacedlas retroceder hasta el agujero del cual salieron.
Me desvestí de toda la armadura ante el asombro de Petrio.
-         Ya esta, ese golpe ha acabado por hacerte perder el poco juicio que tenias.
-         Dame algo de tiempo, tengo una idea.
-         Por mi vida y por mi honor que te daré todo el que necesites.- dando un golpe con su espada en el escudo mientras decía estas palabras.
Aliviado por el peso de mi armadura, recordé un hechizo que podría resultar bastante efectivo contra este tipo de criaturas.
-         Rad-na, veratum, silbun, bestiun, inferno. Diosa del viento, canta para tus hijos.
-         Rad-na, veratum, fulner, acuasiun, verita. Diosa del viento, dame tu voz y tu palabra.
-         Rad-na, veratum, animun, cusa, anactun. Diosa del viento, que mi voz sea tu voz, déjame pronunciar lo impronunciable.
Un aura de poder envolvió mi cuerpo, una energía mística rezumaba por mi piel. Me fui elevando sobre el suelo. El viento comenzó a soplar con fuerza y unas nubes negras oscurecieron el sol.
-         Rad-na, concédeme el poder.
Comencé a silbar. Primero suave, casi inapreciable. Poco a poco fui subiendo el tono, hasta tal punto, que las bestias comenzaron a gemir de dolor.
-         Sigue así Mad. Guerreros, la victoria es nuestra, las criaturas no pueden soportar el sonido, atacad.- dijo Petrio mientras descuartizaba algunos Marug.
Todo el ejército contemplaba atónitos como las criaturas chillaban de dolor por el sonido que producía. Las cabezas saltaban a diestro y siniestro, mientras entre los árboles los amos miraban con estupor cómo sus engendros sucumbían ante nuestros aceros.
-         Victoria, victoria.- gritaba un soldado dando muerte al último de los Marug.
-         No cantes victoria tan pronto soldado.- grito Petrio desde donde yo me encontraba.
-          Esto ha sido una batalla ganada, todavía no hemos ganado la guerra.
-         No seas ave de mal agüero.- le dije a mi capitán, mientras me recuperaba por el esfuerzo.
-         Necesitan alguna esperanza por la que combatir.
-         Tienes razón.- respondió Petrio dejando asomar una media sonrisa.
Sabía que no tardarían en recomponer sus tropas, así que le di órdenes a Petrio para que comprobase que los magos estaban recuperados.
-         Escucha Petrio, quiero que vuelvas con los archí magos y que los prepares a ellos y a los arqueros, no tardaran el volver a atacarnos, esto solo ha servido para cabrearlos.
No acabando de decir esto cuando vi como unos encapuchados salieron de entre los árboles.
-         Maldición, son los sin nombre. Rápido capitán, ordena a los arqueros que lancen flechas de fuego sobre nuestros hombres caídos.
-         Pero mi rey, nuestro ejército no lo consentirá el mancillar a nuestros muertos.
-         Has caso rápido, esos encapuchados son nigromantes de nivel 3, lo que quiere decir es que pueden resucitar a los caídos y así engrosar sus filas.
No acabando de decir esto cuando Petrio se encontraba ya cerca de nuestras tropas en la retaguardia.
-         Hombres de Tryon, retroceded. Salid del alcance de los cadáveres de nuestros compañeros pues dentro de poco serán siervos de los nigromantes.
Retrocediendo a paso raudo, nos dispusimos a reagruparnos con los demás. Extraños canticos salían del interior de las capuchas que cubrían el rostro de los nigromantes.
Pudimos comprobar cómo algunos cadáveres de nuestra gente empezaban a convulsionar.
-         Por la diosa del bosque, mi hermano sigue vivo.- dijo un soldado aproximándose veloz al campo de batalla.
-         ¡Noooo! insensato, retrocede, ese ya no es tu hermano.
No sé si es que mis palabras no llegaron a él, o fue el simple hecho de albergar alguna esperanza de que su hermano siguiera vivo.
Cuando llego a su lado se postro ante él, cogiéndolo entre sus brazos y gritando que aun vivía.
Esperaba que tal hecho así fuera. Como odio tener razón.
Lo que en vida fue su hermano se torno en maldad. La criatura resultante le estaba destrozando a mordiscos. Se lo estaba comiendo vivo. Los gritos del soldado resonaban por todo el valle.
-         Rápido arquero, pásame tu arco.-
Lo tense todo lo que pude, aguante la respiración y apunte a su cabeza.
-         Que Rad-na guie mi flecha.
Dicho esto, la flecha surco como un suspiro el valle, impactando de lleno en su cráneo y silenciando los gritos de su  agonía. Continuara...

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