jueves, 16 de septiembre de 2010

Acompañado de por vida


Todo el mundo se reía de mí. Todo el mundo se mofaba de mi aspecto. Todo el mundo me daba de lado como a un apestado. No me importaba, se quede siempre he estado solo. Solo contra el mundo y sus adversidades. Los compañeros del instituto no iban a ser menos. Las clases comenzaban en noviembre y yo sabía de ante mano lo que me esperaría.
El curso comenzó como siempre, risas, burlas, bromas pesadas, darme golpes en el bulto de mi espalda, cualquier divertimiento era bueno si lo hacían a mi costa. Esas burlas eran como alfileres que se clavaban en lo más profundo de mí ser.
-Bien compañero, otro año y seguimos con lo mismo.
- Siempre has sido un cobarde.
-No me digas eso tú también.
- Que esperabas, que fuera el único que no lo pensara.
-Después de tantos años y ahora te pones de parte de los demás.
- No quise decir eso, pero tienes que darte cuenta que todo lo que te hacen también me afecta a mí.
- Tienes razón, soy mayor que la mitad de los que aquí se encuentran y tenían que tenerme un respeto.
- Jajajaja, pero si tú mismo no lo tienes por ti, que esperas, que los demás lo tengan. Debes hacerme caso esta vez y dar ejemplo a los demás.
- No puedo, lo que me pides no está bien.
- Tu mismo pero sabes cómo acabara todo esto. Tu llorando por las esquinas y yo como siempre dándote el consuelo que necesitas. ¡BASTA!, al próximo que te haga alguna befa te lo cargas y a los que se rían también.
- No puedo hacer eso. Los remordimientos no me dejarían vivir.
- Por tus remordimientos no te preocupes, yo me encargare de ellos.
Cuando me dirigía a la pizarra, uno de mis compañeros me puso la zancadilla, perdí el equilibrio y caí sobre el filo de la mesa del profesor, abriéndome una brecha en la ceja por la cual brotaba bastante sangre. Nadie se compadeció de mí, todo fueron risas hacia mí persona. Con la cara empapada de sangre, me dirigí hacía la puerta, la cerré a cal y canto. De una patada rompí el cristal de una de las librerías, me acache para recoger el trozo de vidrio más grande y con la ira acumulada de años de vejaciones me dirigí hacía mi primera víctima, aquel que me hizo caer contra la mesa. De una sola estocada le abrí la carótida en dos, esparciendo aquel líquido carmesí hacía los demás. Asustados se dirigieron en tropel hacía la puerta, pero no pudieron salir. La sangre que emanaba de mi ceja me obnubilaba un poco la visión, pero la vesania que emergía de mi interior hacía que fuera directo a ellos como un animal salvaje hacía su presa. Blandí aquel trozo de cristal con tanta saña que acabo haciéndose añicos en mi mano. El resultado fue el esperado. El color blanco de las paredes, fue tapado por un color rojo intenso, volviéndose más oscuro por momentos. Los trozos de mis compañeros cubrían el suelo como una alfombra. Todos yacían  muertos a mis pies, mientras que la sangre se deslizaba por debajo de la puerta.
-Bien ya no volverán a meterse más con nosotros. Nadie se ríe ahora. Todos están muertos.
-Quiero verlo con mis propios ojos y disfrutar del espectáculo.
- ¿Estás seguro que quieres verlo?
- Si, por favor, casi que lo necesito.
Aunque siempre he sido un ser solitario, nunca he estado solo. Llevo siempre a mi amigo con migo. Así es que me quite la camisa, me di media vuelta y mi amigo pudo verlo con sus propios ojos.  

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