lunes, 13 de septiembre de 2010

Desde dentro


No hay nada más que me guste, que el viernes a última hora en el instituto. Por fin se acaban las clases y el fin de semana se aproxima raudo y veloz. No paraba de mirar el reloj cuando me percaté de mi compañero de mesa. Se encontraba muy pálido, con la mirada perdida en el horizonte y un temblor que le recorría todo el cuerpo. Le pregunté si le ocurría algo, pero no me respondió. Llamé al profesor que se acerco a él haciéndole la misma pregunta. Nada. Era como si su mente se encontrara en otro lugar, ajena a lo que ocurría a su alrededor. De su nariz comenzó a salir pequeñas gotas de sangre, dando paso a un caudal más intenso. Su cuerpo empezó a convulsionar de una manera atroz. Sus ojos se tornaron en blanco, su piel comenzaba a hincharse y de sus orificios no paraba de salir sangre. Segundos después, su cuerpo estalló en mil pedazos, surgiendo de su interior cientos de pequeñas arañas. Pronto los arácnidos resultantes se desplegaron por toda el aula. Pude comprobar que si sólo una de esas criaturas te picaba te desplomabas al suelo, donde todas las demás se alimentaban de ti. Nos replegamos hacia atrás, pero el avance del pequeño ejército de arácnidos hacia nosotros era imparable. Había cientos de ellas. Una de esas arañas me picó en la pierna. Un rigor extremo se extendió por todo mi cuerpo precipitándome contra el suelo. Paralizado completamente, pero consciente en todo momento. Mientras escuchaba el grito de mis compañeros, pude ver como una araña más grande que las demás, me subía por la pernera del pantalón. Pude sentir como sus ocho patas me pasaban por la pierna, subiendo cada vez más hacia mi cara, mientras me escudriñaba con sus ojos negros y brillantes. Se detuvo en mi boca, abriéndose paso por ella hacia mi garganta. Podía sentir como se deslizaba dirección hacía el estómago. Una vez llegó se detuvo, pero la seguía notando como se movía, como iba de un lado para el otro. Pasadas unas horas, la araña volvió a salir de mi interior, alejándose ella y todo su sequito de artrópodos del infierno. Poco a poco fui recobrando la movilidad. Cuando pude incorporarme comprobé el estado de mis compañeros y del profesor. Todos estaban muertos. Sus cadáveres se encontraban secos. Las arañas les succionaron todos los fluidos del cuerpo, dejando los cuerpos como la cecina. Tuvieron suerte. Mi destino se perfila mucho peor. Ya ha comenzado a sangrarme la nariz.  

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