Cuando el sol empezaba a despuntar, arto de estar en la cama, pues a eso de las tres de la mañana perdí completamente el sueño, decidí ponerme en pie. Me levante todo lo silencioso que pude para no despertar a mi mujer. Pero fue inútil, pues parece ser que las mujeres tienen una especie de radar, y se dan cuenta de todo aunque estén durmiendo.
- Anda, cariño. Solo son las siete y cuarto. Todavía no se tienen que levantar los niños y podemos estar un ratito más durmiendo.- me dijo mi mujer, mientras se frotaba los ojos.
- Es que no puedo dormir más rato. Ya me duele el cuerpo de estar tanto rato acostado y no tengo nada de sueño.
- No me extraña. Has estado toda la noche muy nervioso, dando vueltas y diciendo cosas sin sentido. Además no has parado de levantarte e ir a las habitaciones de los niños. ¿Qué es lo que has estado soñando que te a puesto tan nervioso?- me pregunto, mientras bostezaba.
- Nada, mi vida. Si te digo la verdad, no me acuerdo de nada. Ya sabes como soy, cuando me quedo frito, no me entero de nada. Lo mismo he estado sonámbulo.- le conteste. Aunque tenía en la mente todo muy fresco, no quise que se preocupara lo más mínimo.
- La verdad es que sí. Desde que te conozco siempre has hecho cosas muy raras y eso es una de las cosas que más me gustan de ti. Ven aquí y dame un beso de buenos días.
Sin decirle nada, me abalance sobre ella, rodeándola con mis brazos y fundiéndonos en un gran beso. Entre risas y arrumacos, mis ojos se clavaron en los suyos. Llegué incluso en perderme en ellos. Eso siempre me a reconfortado mucho.
- Cada día estoy más enamorado de ti. Si no fuera por ti y los niños, mi vida no tendría sentido alguno.
- Anda ya, mentiroso.- me contesto, mientras pasaba sus dedos por mi pelo, sin apartar la mirada de mí.
- Es verdad. No sé qué haría si os perdiese alguno de los tres. Sois todo en mi vida. Y os juro que nunca tendréis que pasar fatigas en la vida, mientras que por mis pulmones quede un solo soplo de aire.
- Huy, como te has levantado esta mañana de cariñoso. Eso es por todo el follón que tenemos, ¿verdad? No te preocupes más por eso, veras como todo acaba arreglándose. Anda, vamos a desayunar.
Mientras mi mujer nos preparaba el desayuno, decidí ir despertando a mis hijos. Me encanta despertarlos a besos. Ellos por su parte me lo ponen difícil, pues si por ellos fuera, se quedarían toda la mañana durmiendo.
- Un ratito más, por fi.- me decían los dos.
- Anda, que hoy es el último día de clase y no podéis llegar tarde.- les decía mientras seguía comiéndomelos a besos.
Me costó lo suyo, pero al final conseguí que mis pequeñas fieras abrieran los ojos y fueran a desayunar. Aquella mañana fue magnífica. Mi mujer nos preparó churros, acompañados con unas buenas tazas de chocolate casero. La escena de todos juntos comiendo entre risas, me recordaba a un capítulo de una serie de la tele, la cual ahora mismo no recuerdo el titulo, pero seguro que todo el mundo sabe de cual hablo.
Una vez, mi mujer y mis hijos se fueron para la escuela, yo me dispuse a vestirme para ir al juzgado. La cita la tenía a eso de las nueve de la mañana, tenía solamente media hora para arreglarme e irme. Por suerte, el palacio de justicia se encontraba a cinco minutos de mi casa. Me puse guapo y me dirigí hacia el juzgado. Al llegar, pude ver a dos de mis compañeros esperando ante la puerta del juez.
- Buenos días, ¿vosotros también os han citado para declarar?- les pregunté a los dos. Aunque sabía que esos dos habían estado trabajando con migo, desconocía por completo sus nombres.
- Pues sí. ¿y tú eres..?- me dijo el más bajito de los dos.
- Perdonar, me llamo Toni. Yo era el encargado de preparar los palés y de colocarlos en el almacén. Casi siempre me encontraba manejando el torillo.
- A sí, ya me acuerdo de tu cara.- me dijo el otro.
- Yo me llamo Juan, y este es mi hermano Emilio. Nosotros estábamos con los camiones repartiendo. ¿ a ti también te han estafado con los papeles?
- Sí. Nunca me lo hubiera imaginado de Francisco. Parecía muy buena persona.
- ¡Ese tío es un gran hijo de puta!, sí me lo encontrara por la calle, te juro que le reviento la cara a puñetazos.- me dijo Emilio, que era el bajito de los dos.
- Señor Hidalgo.- me dijo un funcionario, que salió de la puerta del juez.
- Sí, soy yo.-le contesté.
- Le toca a usted, sígame.- me dijo, mientras que se metía para adentro.
- Un placer muchachos y espero que todo esto se arregle pronto.- les di la mano a cada uno para despedirme y entré.
Estaba completamente asustado. Nunca antes había estado en presencia de un juez, o en este caso, de una jueza.
- Buenos días, ¿es usted el señor Hidalgo, de nombre Toni?- me dijo la jueza, con una voz que no parecía que fuese suya.
- Sí, soy yo.- le conteste, muy acongojado por aquella voz.
- Bien. Dele usted a mi secretario el carnet de identidad.
- Aquí lo tiene.
Mientras que el secretario comprobaba mis datos, la jueza se encontraba absorta, mientras que leía unos documentos. Yo me puse nervioso y comencé a mirar hacía todos lados. Un silencio sepulcral, recorría toda la habitación. Y sólo fue roto por la voz del secretario, que anunciaba a la jueza, que podía comenzar con la vista oral.
- Bien, señor Hidalgo. ¿Qué sabe de el supuesto fraude de su ex jefe, el señor García Zarza, a podido realizar en contra de los trabajadores y la seguridad social?- me pregunto la jueza.
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