martes, 21 de septiembre de 2010

El diario del Rey. Tercera parte


-         ¡Arqueros, magos, estáis preparados!- les grite.
-         Todo listo mi señor.
-         ¡Fuego!
Las flechas en llamas encendieron los cielos, impactando sobre los cuerpos de amigos y enemigos.
-         Socorro, auxilio.- se escuchaba de entre las llamas.
-         Señor, mi rey, todavía hay gente viva entre los cadáveres.- decían algunos soldados.
-         Haced caso omiso a las suplicas, pues es sólo una artimaña de los nigromantes.- les respondí.
Aquella acción me enfurecía, no podía encontrar más repulsivo que utilizar a los caídos, a mi gente, a mis amigos que habían dado su vida por defender la nuestra.
-         Acad-na, retum, exalus, tronun. Diosa de los cielos, concédeme tu fuerza.
-         Acad-na, virun, fortum, valjalun. Diosa de los cielos, que tu ira sea la mía.
-         Acad-na, furson, button, farcen. Diosa de los cielos, somos uno con el mundo bajo tu reino.
El cielo se volvió gris oscuro. Nubes de tormenta se posaron sobre el valle. El sonido del fuego consumiendo los cuerpos dejo paso al sonido del trueno.
-         Por el poder de Acad-na, ordeno a los truenos que destruyan a mis enemigos.
Grandes oleadas de relámpagos impactaron sobre los sin nombre. Aquellas túnicas parecían antorchas. El fuego los consumió por completo dejando caer al suelo un montón de huesos ennegrecidos.
Debido al gran esfuerzo casi pierdo la conciencia, pero pude aguantar.
-         Pareces agotado.- dijo Petrio con cara de preocupación.
-         Esta última invocación me ha debilitado bastante, casi no me había recuperado de la anterior.
-         Deberíamos volver a nuestro castillo, reponer fuerzas y reabastecernos.
-         Sabes que si nos quedamos allí atrapados él conseguirá lo que busca.
-         Sí, pero no podemos resistir mucho más aquí al descubierto y tus poderes serán más fuertes en el castillo.
-         Y los de él también. Tenemos que mantenerlo lejos de la piedra primogénita.
-         Bueno, pero debemos resguardarnos en los pasadizos de la montaña, los magos podrán crear barreras que los impidan pasar. El ocaso se acerca, las tropas se encuentran exhaustas y la noche es nuestro peor enemigo.
-         De acuerdo Petrio, que los archí magos se mantengan en la retaguardia cubriendo nuestra retirada a las cuevas.
Las cuevas eran como un laberinto. Excavadas en la roca, cientos de pasadizos, en los que la mayoría llevaban a una muerte segura. Nuestros antepasados lo construyeron como única entrada al castillo de Tryon, en donde reposa la piedra primogénita de la magia, la gran Mar-na. Según cuenta la leyenda, esta la mando Amad-na, la gran diosa de la creación y de la luz. Antiguamente los muertos y demonios caminaban por la faz de la tierra, matando y torturando a cualquier ser vivo. Algunos magos de la antigua tradición se reunieron en la entrada del mundo de los demonios. Conjurando sus antiguas artes invocaron a Arad-na, la diosa de la destrucción y oscuridad eterna. Esta atrajo a todas las criaturas demoniacas hacía la puerta, para que volvieran a su mundo. Hecho esto la puerta se quedo abierta, dando la posibilidad que los demonios recargaran sus poderes en el mundo infernal, volviendo a nuestro mundo mucho más poderosos que antes. Pero nuestros antepasados no eran tontos. Acto seguido invocaron a Amad-na, y esta mando de los cielos la piedra Mar-na que sello la entrada. Esto mató a los magos, ya que gastaron toda su energía vital en las invocaciones.
Muchos aprendices de magos, viendo que la piedra otorgaba poderes a todo aquel que se encontraba cerca, rompieron pequeños trozos de ella, para así poder tener poderes sin tener que recurrir a las invocaciones de las diosas.
Miles de pequeños fragmentos fueron desperdigo nados por todo el mundo, llamándolos piedras de Marg. Un rey antepasado llamado Atrux, se percato que si esto continuaba así podría hacer que los grandes demonios volvieran a nuestro mundo, con lo que mando construir un castillo alrededor. Con la ayuda de la piedra, conjuro una montaña sobre el camino de entrada, dejando el castillo oculto y encerrado entre las montañas. Varios lustros tardaron nuestros antepasados en escavar una salida al valle de Otrix.

-         Ya estamos a salvo, mi rey. Los magos permanecerán toda la noche custodiando la entrada con escudos y barreras mágicas, nada podrá entrar.
-         Muy bien hecho, Petrio.
-         Debería llevarte al castillo, a la sala de la piedra, así podrás recuperar toda tu energía para la batalla de mañana.
-         No sé, Petrio, no me gustaría dejar sola a nuestra gente.
-         Así como estas no podrías parar ni a un gusano de Mored.
-         Ja, ja. Pero quizás tengas razón, esa última invocación me ha dejado para el arrastre y en este estado poco podre hacer.
Durante un buen trecho anduve, con la ayuda de mi capitán. Atravesé  los cientos de metros que separaban la entrada del castillo casi en el límite de la inconsciencia. A cada paso que me acercaba a la piedra, sentía como las fuerzas volvían a mí.
-         Bien, ya estamos en la sala de Mar-na. Descansare un rato y volveremos con nuestros hombres. Y tú deberías descansar también.
-         Petrio, me estas escuchando. Petrio, Petrio… capitán que estás haciendo.
-         Lo siento, mi rey.
-         Eso no será un Rubicrax. Deja eso inmediatamente es una orden.
Petrio se encontraba como en un trance. Del Rubricrax comenzó a salir un humo negro que lo envolvía todo. De la oscuridad salió unas carcajadas y una figura se materializo.
-         Me alegro de verte de nuevo Mordre, cuánto tiempo.- dijo  la figura.
-         Albert, maldito seas, como has conseguido que Petrio me traicionara.
-         No te preocupes, el no quiso cuando lo capture hace 5 días. Si te sirve de consuelo lucho como una fiera y te fue leal hasta el final. Viendo que por las “buenas” ya sabes, con mucha y delicada tortura no iba a conseguir nada, decidí darle muerte y devolverlo a la vida siendo mi siervo. A por cierto Petrio, ya no me eres de utilidad, así que muere de una vez.
Vi como mi amigo Petrio cayó como un muñeco de trapo hacia el suelo.
-         Nunca conseguirás volver  abrir esta puerta.
-         Sabes, para estar en las últimas eres muy brabucón.
Aunque me estaba recuperando rápidamente, mis poderes no estaban restaurados por completo y los de Albert, se encontraban aumentando a cada segundo que pasaba.
-         Te destruiré, nunca dejare que destruyas este mundo.
-         Tú te crees que yo quiero destruirlo, te equivocas Mordre. Mi única intención es traer de vuelta a los demonios, los verdaderos dueños de este infecto mundo de vida.
-         Que te ha pasado, tú antes no eras así, lo recuerdas, éramos amigos.
-         A sí, buenos tiempos aquellos. Y tu recuerdas lo que decía la profecía:
-         Cuando el momento llegue, el bien y el mal volverán a enfrentarse y cada bando escogerá a su campeón. Bien yo soy el campeón del mal y tú el perdedor del bien.- dijo el Nigromante sin parar de reír.
-         Sabes que no te lo permitiré.- sintiéndome mucho más recuperado.
-         ¡Basta de ñoñerías y sandeces!, el final se acerca. El eclipse lunar se acerca y es hora de traer a mis amigos.
  Sin poder evitarlo, Albert invoco unas cadenas que surgieron de la pared apresándome contra ellas.
-         Ponte cómodo, no quisiera que te perdieras el espectáculo.
Comenzó con la invocación para liberar a los demonios. Mis poderes no se encontraban a su altura en estos momentos.
-         Que puedo hacer, no se me ocurre nada con lo que tenga la más mínima oportunidad de atacarlo.- dije para mi mismo mientras contemplaba como Mar-na comenzaba a temblar. Continuara...

domingo, 19 de septiembre de 2010

Diario del Rey. Segunda parte

Los Sornes no eran lo que más me preocupaba. Sabía que no pasaría mucho tiempo sin que los Marug hicieran su aparición.
Hubo un tiempo en que los Marug eran grandes hechiceros, protectores de los bosques y de todas las criaturas que vivían en ellos. Se fusionaban con animales del bosque para así estar en contacto profundo con la naturaleza. Los druidas del bosque los llamaban, mitad humano y mitad bestia. Cuando empezó a escasear las piedras Marg, sus ansias de magia les hicieron sucumbir a los designios de Albert. Mezclados con las criaturas más horribles y sanguinarias del averno, poco a poco perdieron su condición humana, dando paso a unas criaturas salvajes, atroces, con el único sentimiento de destrozar cualquier forma de vida que se pusiera en su camino.
Slash, Slash, resoplan los latigazos de los amos de las Marug.
Grandes sombras aparecían entre los árboles, dejando paso a sus dueños.
-         Arqueros, retroceded, nada pueden nuestras flechas contra esos engendros- digo el capitán a sus hombres y justo a tiempo, cuando el último de los Sornes caía en picado.
-         Guerreros, preparaos para la embestida- le dije al grueso del ejército que se encontraba bajo mi mando.
Los amos soltaron las correas de sus bestias dejándolos libres para masacrar. Acto seguido, los Marug se dirigieron como una jauría salvaje sobre nosotros.
-         Recordar, no tengáis piedad de ellos, pues ellos no mostraran ninguna por nosotros. Manteneos unidos, así los escudos mágicos resistirán mejor.  ¡POR NUESTRA TIERRA, POR EL FUTURO Y POR NUESTRA LIBERTADDDDDDDDD!
La embestida fue tal, que el sonido resultante, muy bien podría recordad al bramido de un trueno. Los aceros resonaban al choque con los huesos, los escudos eran golpeados una y otra vez por garras tan afiladas que podrían partir las piedras y la sangre negra de las bestias se entremezclaba con la roja de los amigos caídos.
-         Seguid luchando amigos míos, no permitáis que la muerte y el dolor se adueñen de nuestras tierras.
Parecía que no se acabaría nunca. Las criaturas eran fuertes, veloces y parecían incansables. Los cadáveres se apilaban uno en cima de otro. Tanto humanos como bestias, todos yacían a mis pies. Cada vez me pesaba más la armadura y el cansancio hacía mella tanto en mí como en mis hombres.
-         Aguantad, no quedan muchos, seguid así.
Una de las bestias, remetió contra mí, haciéndome caer al suelo. Salto sobre mí mareado cuerpo y cuando se disponía a destrozarme, vi como el brillo de la espada de mi capitán se blandía sobre su cuello, haciendo saltar su cabeza.
-         Sabía que no podrías hacer nada sin mí- dijo Petrio dejando esbozar una sonrisa.
-         Lo tenía todo controlado, le estaba dando emoción al momento.- le respondí todavía algo mareado.
-         Los magos necesitan algo más de tiempo para poder recargar las piedras.
-         Pues a que esperamos, démosles más tiempo. Guerreros, no dejemos que estas bestias impías nos condenen, hacedlas retroceder hasta el agujero del cual salieron.
Me desvestí de toda la armadura ante el asombro de Petrio.
-         Ya esta, ese golpe ha acabado por hacerte perder el poco juicio que tenias.
-         Dame algo de tiempo, tengo una idea.
-         Por mi vida y por mi honor que te daré todo el que necesites.- dando un golpe con su espada en el escudo mientras decía estas palabras.
Aliviado por el peso de mi armadura, recordé un hechizo que podría resultar bastante efectivo contra este tipo de criaturas.
-         Rad-na, veratum, silbun, bestiun, inferno. Diosa del viento, canta para tus hijos.
-         Rad-na, veratum, fulner, acuasiun, verita. Diosa del viento, dame tu voz y tu palabra.
-         Rad-na, veratum, animun, cusa, anactun. Diosa del viento, que mi voz sea tu voz, déjame pronunciar lo impronunciable.
Un aura de poder envolvió mi cuerpo, una energía mística rezumaba por mi piel. Me fui elevando sobre el suelo. El viento comenzó a soplar con fuerza y unas nubes negras oscurecieron el sol.
-         Rad-na, concédeme el poder.
Comencé a silbar. Primero suave, casi inapreciable. Poco a poco fui subiendo el tono, hasta tal punto, que las bestias comenzaron a gemir de dolor.
-         Sigue así Mad. Guerreros, la victoria es nuestra, las criaturas no pueden soportar el sonido, atacad.- dijo Petrio mientras descuartizaba algunos Marug.
Todo el ejército contemplaba atónitos como las criaturas chillaban de dolor por el sonido que producía. Las cabezas saltaban a diestro y siniestro, mientras entre los árboles los amos miraban con estupor cómo sus engendros sucumbían ante nuestros aceros.
-         Victoria, victoria.- gritaba un soldado dando muerte al último de los Marug.
-         No cantes victoria tan pronto soldado.- grito Petrio desde donde yo me encontraba.
-          Esto ha sido una batalla ganada, todavía no hemos ganado la guerra.
-         No seas ave de mal agüero.- le dije a mi capitán, mientras me recuperaba por el esfuerzo.
-         Necesitan alguna esperanza por la que combatir.
-         Tienes razón.- respondió Petrio dejando asomar una media sonrisa.
Sabía que no tardarían en recomponer sus tropas, así que le di órdenes a Petrio para que comprobase que los magos estaban recuperados.
-         Escucha Petrio, quiero que vuelvas con los archí magos y que los prepares a ellos y a los arqueros, no tardaran el volver a atacarnos, esto solo ha servido para cabrearlos.
No acabando de decir esto cuando vi como unos encapuchados salieron de entre los árboles.
-         Maldición, son los sin nombre. Rápido capitán, ordena a los arqueros que lancen flechas de fuego sobre nuestros hombres caídos.
-         Pero mi rey, nuestro ejército no lo consentirá el mancillar a nuestros muertos.
-         Has caso rápido, esos encapuchados son nigromantes de nivel 3, lo que quiere decir es que pueden resucitar a los caídos y así engrosar sus filas.
No acabando de decir esto cuando Petrio se encontraba ya cerca de nuestras tropas en la retaguardia.
-         Hombres de Tryon, retroceded. Salid del alcance de los cadáveres de nuestros compañeros pues dentro de poco serán siervos de los nigromantes.
Retrocediendo a paso raudo, nos dispusimos a reagruparnos con los demás. Extraños canticos salían del interior de las capuchas que cubrían el rostro de los nigromantes.
Pudimos comprobar cómo algunos cadáveres de nuestra gente empezaban a convulsionar.
-         Por la diosa del bosque, mi hermano sigue vivo.- dijo un soldado aproximándose veloz al campo de batalla.
-         ¡Noooo! insensato, retrocede, ese ya no es tu hermano.
No sé si es que mis palabras no llegaron a él, o fue el simple hecho de albergar alguna esperanza de que su hermano siguiera vivo.
Cuando llego a su lado se postro ante él, cogiéndolo entre sus brazos y gritando que aun vivía.
Esperaba que tal hecho así fuera. Como odio tener razón.
Lo que en vida fue su hermano se torno en maldad. La criatura resultante le estaba destrozando a mordiscos. Se lo estaba comiendo vivo. Los gritos del soldado resonaban por todo el valle.
-         Rápido arquero, pásame tu arco.-
Lo tense todo lo que pude, aguante la respiración y apunte a su cabeza.
-         Que Rad-na guie mi flecha.
Dicho esto, la flecha surco como un suspiro el valle, impactando de lleno en su cráneo y silenciando los gritos de su  agonía. Continuara...