viernes, 1 de julio de 2011

Una de Zombis

Aunque todo se quedo en silencio de repente, pude ubicar aquel ruido como a unos tres metros desde mi posición.
-Sebastian, prepárate. Yo saldré primero y al más mínimo indicio de peligro, salimos echando leches para abajo, ¿te ha quedado claro? –
-Si.-
-Pues vamos.-
Aguanté la respiración. Tragué un poco de saliva, y silla en mano, me lancé en busca de…bueno, de lo que hubiera.
-¡Pero qué coño es esto! Dios, la verdad es que no me lo esperaba.-
Aquello me dejó traumatizado. Allí se encontraba, detrás de una mesa, la mitad carcomida de lo que parecía un pastor alemán. Seguramente, el tipo de abajo se estuvo dando un festín con el animal. Era una lástima ver  como intentaba arrastrarse con sólo las dos patas delanteras hacia mí. Aunque seguramente no podría hacerme daño, pues le faltaba la mandíbula de abajo.
-Pobre animal. Aunque esto es nuevo, no suelen verse muchas películas con animales zombis. ¡Sebastian! ¿Has visto esto?-
Me giré, y pude ver al pobre más blanco que antes. Se encontraba paralizado ante aquella dantesca imagen.
-Estoy salvado contigo, macho. Parece que te ha dado un aire.-
-Perdona, pero es que ese es mi perro.- me dijo, con los ojos  enrojecidos.
-No, perdóname tú. A veces suelo ser algo gilipollas.-
No esperaba esa contestación. Me sentí mal por mi amigo, pues yo también había tenido perro y sabía lo que se llega a querer a estos animales.
-Sabes que no podemos dejarlo así. Lo mejor será que revises las puertas y yo me encargo de tu amigo.- le dije, mientras que el canido seguían su lento camino hacía a mí.
-No, yo lo haré.-
No le dije nada. Asentí con la cabeza, y rápidamente, me dirigí hacía las puertas para comprobarlas.
Debía de encontrarme en algún pueblo pequeño, pues la comisaría solamente constaba de dos plantas. En la parte de arriba se podía ver una mesa, un ordenador, un armario cerrado y un par de bancos de madera cerca de la entrada. Había dos puertas, una a la derecha desde mi posición, la cual se encontraba cerrada con unas grandes cadenas, y otra más grande que esta.
Me dirigí hacia la más grande. Era la que daba a la calle. Pude comprobarlo al mirar por el cristal ensangrentado de la puerta. Parecía una zona de guerra. Coches en llamas. Sangre por toda la acera, y algo que se movía entre las sombras de la calle. No pude ver bien, pues era noche cerrada y el fuego del coche estaba apunto de consumirse. Seguramente, la comisaría tendrá algún tipo de generador, pues teníamos luz. Cosa que en la calle faltaba. Me aparté, pues no quise llamar la atención. Y al girarme, vi como mi compañero golpeaba sin para la cabeza de su amigo con la porra.
-¿Estás bien, compañero?-
-¡De puta madre!, ¡tú qué crees!-me dijo, mientras se enjugaba las lágrimas.
-Sabes que es lo mejor. Eso ya no era tu perro.-
-Lo sé muy bien.-
De repente, la puerta que se encontraba encadenada, se entre abrió…

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