viernes, 10 de junio de 2011

Una de zombis


-¡La hostia puta! ¡Joder, que susto!-grité.
Aquel movimiento repentino del cadáver me dio un buen susto. Pero sólo fue eso, una convulsión.
Lo arrastré hacia dentro de la celda. Bueno, solamente hasta que la entrepierna chocó contra los barrotes. Le empecé a cachear en busca de las llaves de mi habitación, y bingo, las tenía en su bolsillo derecho. En cambio en el bolsillo izquierdo encontré un paquete de Chester aun sin abrir y un zippo.
-Genial, tabaco y libertad.-pensé mientras que abría la puerta.
-Tranquilo compañero, que ya te abro.-
-¡Gracias a Dios! ¡Venga rápido, sácame de aquí!- me grito, mientras salía de  debajo de la cama.
-¿Un momento? ¿Quién eres tú, y por qué estás aquí?- le pregunté.
Durante toda mi vida, no he hecho otra cosa que ver películas de terror. Y aunque lo del zombi me había preocupado un poco, se que los vivos pueden ser peor.
-¡Qué! ¡Venga, no pierdas el tiempo con preguntas estúpidas y sácame de aquí, por favor!-
-Antes de nada, voy a comprobar el perímetro. No me gustaría que hubiera más de estos seres por aquí.-
-¡NO, VENGA! ¡SÁCAME DE AQUÍ DE UNA PUTA VEZ!- me gritó.
Mientras que mi nuevo amigo me deleitaba el oído con gritos y tacos,( algunos de ellos, me sacaron los colores) decidí pasar por el momento de él, y buscar como un loco alguna arma de fuego.
Durante más de cinco minutos, busqué y rebusqué por toda la sala, y sólo pude encontrar un cuchillo de caza.
-Vaya mierda.- pensé.
Abrí el paquete de Chester, saqué un cigarrillo, y decidí fumármelo tranquilo mientras pensaba si subía o no subía por esas angostas escaleras.
Cuatro caladas después, me tiré el cigarro, tomé una gran bocanada de aire, y con cuchillo en mano, me dispuse a subir.
-¡Por favor! ¡Sácame de aquí! ¡No quiero morir en esta asquerosa celda!- me dijo el compañero con los ojos llenos de lágrimas.
La verdad es que llevaba razón. Si tenía que explorar arriba con la única protección de una navaja, en caso de emergencia, dos personas eran mejor que una.
-¡Vale! Me has convencido. Pero antes de abrir, dime cómo te llamas.-
 - Me llamo Sebastian.-
-Mucho gusto Sebastian. Yo me llamo Gabriel. Una cosa te digo Sebastian, si intentas jugármela, te mataré. ¿A quedado claro?-
-¡Clarísimo! ¡Sácame de aquí, por favor!-
Casi no había acabado la frase, cuando un ruido de cristales proveniente de arriba, hizo que me diera un vuelco el corazón…

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